Física Social

Augusto COMTE, Estudio preliminar, traducción y edición de Juan R. GOBERNA FALQUE, Madrid, Akal, 2012, 1295p.

Durante más de medio siglo, Comte estuvo desaparecido del horizonte sociológico y también, en cierta medida, del filosófico. La filosofía que contribuyó a fundar, el positivismo, solamente había sobrevivido como filosofía de las ciencias, y su contribución en esta área había caído prácticamente en el olvido: en el post-positivismo, positivismo designa de hecho el neopostivismo y ciertas ideas centrales de los post-positivistas, comenzando por el énfasis en la naturaleza intrínsecamente social de la actividad científica, no hacen más que retomar principios ya claramente despejados por lo que podría llamarse el paleo-positivismo. Por su parte, los sociólogos habían tenido tendencia a olvidar lo que su disciplina le debe a Comte, considerando que la sociología nació el día en que Durkheim, Pareto o Weber le abrieron las puertas de la universidad. Hayek, uno de los últimos que señaló la importancia de Comte en la historia intelectual de los tiempos modernos (Véase The Counter Revolution of Science, Glencoe: The Free Press, 1952), le consideró como un teorizador del “totalismo”, contribuyendo así a denigrar a su vez al autor del Curso de filosofía positiva. Desde hace unos diez años, la situación ha empezado a cambiar y los trabajos acerca de Comte se multiplican, como lo muestra esta traducción, que contribuirá sin duda a que los lectores de habla hispana conozcan mejor su pensamiento.

Lo que J. Goberna nos propone en este volumen, son las lecciones 46 a 57, publicadas entre 1839 y 1842, del Curso de filosofía positiva (no hubiera estado de más que el título del volumen mencionara de manera explícita su pertenencia al conjunto del Curso), es decir las lecciones de sociología en su cabalidad, que ocupan los tres últimos tomos de una obra que posee seis. No se incluyeron las lecciones 58 a 60 porque no tratan ya de sociología, sino que buscan abarcar, de manera mucho más general, el camino recorrido desde el comienzo del tratado y sacar las conclusiones de un trabajo que duró no menos de doce años. Orden y progreso, el lema que figura en la bandera de Brasil, estructura la sociología en dos partes: la estática social, o teoría del orden, y la dinámica social, o teoría del progreso. Los subtítulos de los tomos subrayan sin embargo otra distinción, que Comte no mantuvo después, pero que no es por ello menos instructiva: el tomo cuarto contiene la parte dogmática de la filosofía social, y los dos siguientes la parte histórica. Nótese que no se trata de ciencia social, sino de filosofía social. En efecto, Comte aspiraba no solamente a volver la filosofía más científica, preocupación que comparte con muchos otros filósofos, también quería volver la ciencia más filosófica, lo cual es bastante menos corriente (al respecto se puede pensar que no tuvo seguidores). Su objetivo era lograr que científico y filosófico pudieran ser considerados como equivalentes (854).

En el Curso, sólo se consagra una lección a la estática, la cincuenta, anunciada en la lección cuarenta y ocho (p. 289-305) y completada al principio de la cincuenta y seis (p. 850-860). La dinámica, expuesta después de la presentación de la ley de los tres estadios, posee dimensiones leoninas (p. 475-1170). El estadio teológico ocupa tres lecciones, dedicadas al fetichismo (la 52), al politeísmo (la 53) y luego al monoteísmo (la 54). La lección siguiente (la 55) concierne el estadio metafísico que no es, para Comte, más que una transición y cuya acción es fundamentalmente disolvente. Las dos últimas lecciones, las más largas (150p. y 170p. cada una) describen el desarrollo concomitante del espíritu positivo, que conlleva a la “gran crisis” de 1789. En el transcurso, el lector se encontrará con ideas que están tradicionalmente asociadas al nombre de Comte: por ejemplo, su admiración por la edad media, cuya organización social constituye, a su parecer, una “obra maestra política de la sabiduría humana (620, 692), su voluntad de instaurar un nuevo poder espiritual (1101-1160) o su hostilidad frente al sistema parlamentario y al “modelo inglés”, estimado por los liberales como Benjamin Constant o Tocqueville. Pero sobretodo, la lectura de estas miles de páginas mostrarán hasta qué punto la imagen de Comte que impera aún hoy en día es burdamente inexacta. Cómo no quedarse impresionado ante la riqueza y la fineza de muchos de sus análisis, o ante la audacia de ciertas propuestas que echan al suelo un gran número de ideas preconcebidas. Así, lejos de negar la existencia de un orden espontáneo, tal como se lo reprocha Hayek, Comte lo considera como un concepto fundamental de la estática social, como lo indica muy claramente el título de la lección 50: ¡Consideraciones preliminares acerca de la estática social, o teoría del orden espontáneo de las sociedades humanas! Algunas páginas más adelante, la lección sobre el fetichismo, noción destinada a conocer un desarrollo considerable en las obras ulteriores, le brinda una ocasión para reflexionar sobre la relación del hombre con los demás animales, y más generalmente con el medio ambiente, lo cual conlleva a Comte a plantear la creación de lo que hoy se llamaría un ministerio o un “departamento especial del mundo exterior” (515). Cabe también citar la forma original en que la distinción entre la filosofía natural y moral es presentada como clave para interpretar la historia del pensamiento occidental (946, 1088).

Esta mirada rápida basta para notar hasta qué punto la sociología del Curso difiere de la que se practica hoy en día. En particular, asignarle como objeto a la sociología el estudio de la humanidad, no es fuente de pocas dificultades. Si, como lo estimaba Comte, la ciencia social debe guiar las decisiones del hombre de Estado, se entiende que se le otorgue una importancia considerable a la historia, ya que el estudio de la marcha de la civilización sirve de base a los razonamientos políticos. Sin embargo, Durkheim no se equivocaba reprochando a las grandes lecciones del Curso su falta de positividad y su proximidad con la filosofía de la historia que Hegel practicaba más o menos a la misma época.

La traducción está precedida por una larga introducción de Juan Goberna (110 p.) que describe la evolución del pensamiento de Comte, partiendo de las Obras de juventud, –escritas en un tiempo en que el autor era el secretario de San Simón, y que exponen con un vigor sin igual el objetivo que Comte persiguió desde el principio hasta el final de su vida–, y terminando con el Sistema de Política Positiva y sus últimas obras, centradas en torno a la Religión de la Humanidad y la “preponderancia continua del corazón”. El volumen incluye también las notas del traductor, un índice que facilitará mucho la consulta, y el listado de las sesenta lecciones del Curso. Estos diversos anexos serán de gran ayuda para orientar el lector en un texto que puede aparecer por momentos como un laberinto.

Si se piensa en la acogida que tuvo el positivismo en muchos países de América latina, sorprende que estas lecciones no hubieran sido traducidas antes. El volumen colma luego una carencia significativa: permitirá que el lector juzgue por sí mismo el valor de la obra de Comte y que este autor, quien acuñó la palabra “sociología”, ocupe el puesto que se merece en la historia de la disciplina. Será igualmente útil para los filósofos, esperando que favorezca un acercamiento entre filosofía y sociología.

Michel Bourdeau, Institut d’Histoire et de Philosophie des
Sciences et des Techniques (CNRS-Université Paris1-ENS)

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